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Pleitesía a Salomé

26 octubre 2025

Hoy quiero aprovechar este espacio para referirme a la insigne poetisa dominicana, nacida en Santo Domingo el 21 de octubre de 1850, cumpliéndose el pasado martes 175 años de aquel feliz acontecimiento, pues nacía la niña que con el devenir del tiempo se habría de convertir en la figura central de la lírica dominicana del siglo XIX. Con merecida razón se designó ese día como el Día Nacional del Poeta en República Dominicana en honor a la dama de las letras… Salomé Ureña de Henríquez.

Hija de los señores Nicolás Ureña de Mendoza y Gregoria de León, va a aprender en las escuelas públicas de entonces sus primeras letras y que hasta donde se sabe adquirió de manos de su padre “una esmerada educación literaria que tuvo por fundamento la lectura de los clásicos castellanos”. La poetisa en cierne empezó a los 15 años en la llamada “técnica de la versificación”, comenzando dos años después la publicación de sus versos bajo el seudónimo de Herminia; seudónimo que usaría hasta 1874, año precisamente en que “fueron incluidas diez de sus composiciones en la lira de Quisqueya, primera antología de poetas dominicanos”.

Desde esos primeros años empezaría a definirse su grandeza en el mundo de las letras, lo que explica que en 1877 le fuera otorgada una medalla, en acto público organizado por la Sociedad Literaria “Amigos del País”, institución cultural que patrocinó, en 1880, la publicación de su obra “Poesías”. Al año siguiente, específicamente el 3 de noviembre de 1881, la insigne Salomé fundaría el “Instituto de Señoritas”, considerado el “primer centro femenino de enseñanza superior en el país, y el 17 de abril de 1887, celebró la investidura de las seis primeras maestras normales que tuvo la República”, recayendo aquel honor, según datos al respecto, en Ana Josefa Puello, Mercedes Laura Aguiar, Luisa Ozema Pellerano, Altagracia Enríquez Perdomo, Catalina Pou y Eva Pellerano.

Dentro de sus poemas más icónicos y conocidos se destacan “A la Patria” y “Mi Ofrenda a la Patria”, de corte enteramente patriótico como se desprende de los mismos títulos y en los que llama a los dominicanos a recuperar la dignidad y poder, así como su compromiso y amor por la madre patria. Otros de sus poemas icónicos y de corte autobiográfico son “En el Nacimiento de Mi Primogénito”; “Mi Pedro”, cantos a sus hijos, así como también a sus padres, como sus poemas “A Mi Madre”, lo mismo que “A Mi Padre”.

Del mismo modo poemas líricos y reflexivos también fueron escritos por la poetisa dominicana, dentro de cuyos títulos figuran, entre otros, “Melancolía”, en el que discurre por “los sentimientos de tristeza y soledad”; “Sombras”, que es “un poema sobre la desilusión y la tristeza”; “Ruinas”, a través del cual “evoca la decadencia y la melancolía”; “Angustias”, en el que la poetisa “expresa su preocupación por sus seres queridos y las dificultades de la vida” y tal vez su poema más conocido o al menos más declamado, al que tituló “El Ave y el Nido”, que es una reflexión sobre “la inocencia y la libertad”.

Basta con leer ese canto de amor y ternura para imaginarse a la poetisa al momento de escribirlo, y si nos detenemos en cualquiera de sus estrofas, como por ejemplo en esta: “Aquí, en el hueco de piedra dura/tranquila y sola te vi al pasar/y traigo flores de la llanura/para que adornes tu libre hogar”, hemos de apreciar la sensibilidad elevada a lo sublime a través de la pluma fecunda de la insigne Salomé.

Casada el 11 de febrero de 1880 con Francisco Henríquez y Carvajal, destacado “médico, abogado, escritor, pedagogo, político y presidente interino de la República Dominicana en 1916” con el que va a procrear a sus cuatro hijos a los que bautizaron con los nombres de Francisco, Pedro, Max y Camila. En el caso de su hijo Pedro Henríquez Ureña, nacido en Santo Domingo el 29 de junio de 1884, se trató de un recio intelectual, filósofo, crítico y escritor, con destacada participación en México y Argentina, lugar este último donde murió el 11 de mayo de 1946, específicamente en Buenos Aires.

Supo con maestría valerse de la poesía, esa que sirve para “expresar emociones, comprender el mundo, y preservar la cultura, la memoria y las tradiciones” para a través de esta hacer sus contribuciones favor de la patria adorada que le vio nacer. Tuvo la sensibilidad de usar como vehículo la poesía; sí, la poesía, esa que “enriquece el lenguaje, fomenta la creatividad y la imaginación, y ayuda al desarrollo de la sensibilidad y la reflexión” y que indudablemente “es fundamental para el bienestar psicológico, la conexión entre personas y la formación del pensamiento crítico”.

La insigne poetisa dominicana e innovadora en la educación femenina en el país, aquejada de salud, con los estragos de la tuberculosis a cuestas, va a morir físicamente el día 6 de marzo de 1897, a los 47 años de edad en su ciudad natal, siendo sepultada en la Iglesia Nuestra Señora de las Mercedes, donde reposan sus restos mortales.

De significativos aportes para el país, de una vida ejemplar y consagrada a las más nobles causas de la nación, convencido estoy de que merece eterna recordación; por eso, con motivo del 175 aniversario de su natalicio, celebrando que en su honor se haya escogido el 21 de octubre como el Día Nacional del Poeta en República Dominicana y consciente de su grandeza, me inclino reverente ante su legado y con el pecho henchido de emoción rindo pleitesía a Salomé…

El autor es ocoeño y egresado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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