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El río que nos sostiene: entre la vida, el agua y el porvenir

25 octubre 2026

Por: Harris Castillo.

Hay sonidos que no se aprenden en los libros, sino que se llevan grabados en el pecho desde la infancia. El murmullo constante del río Nizao es uno de ellos. Cuando Domingo Alcántara no me permitía nadar más allá de la orilla en nuestro baño diario del atardecer, por la fuerza del charco al que llegábamos después de cruzar la casa del viejo José Lara, aprendí temprano a respetar y querer estas aguas; esa es una estampa que me une al Nizao en la parte de arriba. El mismo Nizao al que acudía más tarde en la alegría de mi niñez bajo el cuidado de mi abuelo Gonzalo Castillo, ya viviendo en Las Auyamas. Por eso, para mí, este río no es un simple accidente geográfico: el distrito se llama Nizao – Las Auyamas y yo viví en ambas comunidades, sintiendo en carne propia que este cauce es la columna vertebral de nuestra tierra, el latido que marca nuestra historia y el espejo donde nos reconocemos como un solo pueblo.

Si miramos hacia atrás, hacia la memoria de nuestros abuelitos y mayores, el Nizao siempre ha estado ahí como un proveedor generoso. En sus orillas y en sus vegas se sustenta la vocación agrícola que alimenta nuestros hogares y da dignidad al trabajo de nuestra gente. Esa agua que baja fresca desde la cordillera es la sangre que corre por las venas de nuestras parcelas, la que permite que la tierra rinda frutos y que el esfuerzo diario del agricultor se convierta en pan sobre la mesa.

Pero el Nizao es mucho más que economía y subsistencia. Es también el gran abrazo dominical de las familias. Es el sitio de encuentro donde acuden los abuelos, los padres y cientos de bañistas cada semana para buscar alivio al calor, compartir un momento a la sombra de los árboles o ver a los niños chapotear sin más preocupaciones que la caída de la tarde. En sus aguas no hay distinciones ni banderías políticas: el río nos recibe a todos por igual, recordándonos que somos vecinos antes que cualquier otra cosa.

Sin embargo, un activo tan sagrado y vital no puede darse por sentado. Hoy, el mayor orgullo de nuestra tierra enfrenta heridas profundas que nos convocan a la reflexión y a la acción urgente: la extracción descontrolada de materiales de construcción de su cauce y la deforestación indiscriminada de las montañas que lo alimentan.

Ver la voracidad con la que se extraen áridos sin ningún criterio técnico duele y alarma. Cada camión que saca material a mansalva, sin medir consecuencias, es un golpe directo a la estabilidad de nuestros acuíferos y a la supervivencia de nuestros balnearios. Y a eso se suma la tala despiadada en las alturas, desnudando los montes que atrapan la neblina y alimentan las fuentes; cortar los árboles que guardan el agua es secarle las venas al río desde la cabecera. Pretender construir el futuro o levantar obras destruyendo los cimientos naturales que nos dan vida es un absurdo insostenible que tarde o temprano pagaremos muy caro.

Ante esto, nuestra postura no puede ser la del silencio cómplice ni la de la prohibición ciega que ignora las necesidades de desarrollo. Necesitamos arena y grava para nuestras comunidades, sí; pero la ley de la naturaleza nos exige orden, ciencia y rigor. La explotación amigable y sostenible es posible: exige sacar el material fuera del cauce vivo, aprovechar las terrazas aluviales secas y respetar estrictamente las cuotas ecológicas que el propio río es capaz de reponer, de la mano de un plan férreo de reforestación en toda la cuenca alta.

Proteger el Nizao no es frenar el progreso; es garantizar que las próximas generaciones de este distrito sigan teniendo agua limpia, tierra fértil y un lugar donde mirar su propio reflejo con orgullo. Cuidar el río es cuidarnos a nosotros mismos. Es tiempo de asumir con madurez que nuestro desarrollo colectivo empieza, irremediablemente, por defender lo que nos pertenece a todos.

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