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“Yo no pensé que iba a llegar ahí”: las señales que pueden preceder a un feminicidio

26 agosto 2026

Santo Domingo.- “Yo no pensé que iba a llegar ahí”. La frase de Dominga Jáquez resume el desconcierto de una familia que, aunque había percibido señales de que algo no estaba bien, nunca imaginó que la violencia terminaría en muerte.

Dominga es hermana de Jesús Jáquez Mora, señalado por las autoridades como presunto responsable de la muerte de su pareja, Ramonita Aquino Aquino, de 37 años, en Hainamosa, Santo Domingo Este, y quien posteriormente murió. El hecho ocurrido este martes es investigado como un presunto feminicidio seguido de suicidio.

Días antes del desenlace, según el relato de Dominga, su hermano atravesaba un proceso de separación de su esposa y presentaba una situación emocional que preocupaba a la familia.

Ella recuerda que hablaba con él, intentaba acompañarlo y hasta buscó ayuda de otros familiares porque había expresado pensamientos que le generaban preocupación.

“Él quería a su mujer. Pero ella ya no quería saber nada con él”, contó.

Dominga también relató que su hermano había expresado pensamientos relacionados con hacerle daño a otras personas y quitarse la vida. La familia, dijo, intentaba disuadirlo y permanecer pendiente de él.

Sin embargo, la gravedad de aquellas señales no fue suficiente para que la familia pudiera anticipar el desenlace.

“Yo no pensé que iba a llegar ahí”: las señales que pueden preceder a un feminicidio

“Estoy sorprendida con esa noticia”, expresó al conocer lo ocurrido.

El caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que trasciende este hecho particular: ¿qué señales pueden advertir que una relación marcada por la violencia está entrando en una etapa de mayor riesgo?

Para la psicóloga Yalix Muñoz, uno de los elementos que debe llamar la atención es la necesidad de ejercer un control constante sobre la pareja.

No se trata únicamente de una discusión ocasional o de una expresión de celos. La especialista se refiere a patrones de conducta destinados a limitar la autonomía de la mujer.

Revisar el teléfono, exigir fotografías para comprobar dónde se encuentra, pedir videollamadas para verificar su ubicación, instalar dispositivos de localización en el vehículo, controlar con quién se relaciona o decidir qué lugares puede visitar son, según Muñoz, comportamientos que deben ser tomados como señales de alerta.

También incluye el control de la vestimenta y el aislamiento progresivo de familiares y amistades.

La especialista explica que estos comportamientos pueden estar vinculados con una percepción distorsionada de la pareja como una pertenencia.

Cuando la mujer comienza a establecer límites, tomar decisiones propias o plantear una separación, el agresor puede experimentar lo que percibe como una pérdida de control.

Esto no significa que toda persona celosa o que atraviese una crisis emocional vaya a cometer un feminicidio. La alerta surge especialmente cuando estas conductas forman parte de un patrón de violencia, control y amenazas.

Los celos que no deben normalizarse

Muñoz también identifica como señal de preocupación los celos extremos.

Se trata de situaciones en las que el hombre acusa constantemente a su pareja de infidelidad, incluso sin evidencia, o interpreta relaciones normales con familiares, amigos o compañeros como una amenaza.

La especialista advierte que estos comportamientos pueden terminar aislando a la mujer.

La pareja comienza a modificar su comportamiento para evitar conflictos: deja de visitar personas, limita sus salidas, cambia su manera de vestir o procura no realizar actividades que puedan provocar una reacción violenta.

Lo que puede comenzar como una discusión por celos puede convertirse así en un mecanismo permanente de control.

Otra señal que no debe minimizarse es la violencia física.

Empujones, cachetadas, jalones de cabello, agarrones fuertes o cualquier otra agresión física no deben ser normalizados como simples episodios de enojo.

Muñoz pone especial énfasis en los intentos de estrangulamiento o estrangulación, que considera una señal de especial gravedad dentro de una relación violenta.

También llama la atención sobre las amenazas de muerte o de suicidio.

Frases como “si me dejas, me muero”, “sin ti no puedo vivir” o amenazas de hacerse daño, de matar a la pareja o de atentar contra otros miembros de la familia deben ser tomadas en serio, especialmente cuando se combinan con violencia previa, control o acceso a armas.

Uno de los puntos que la especialista considera relevantes es el momento en que la mujer decide poner fin a la relación.

“Yo no pensé que iba a llegar ahí”: las señales que pueden preceder a un feminicidio

Para determinados agresores, explica, la separación puede ser percibida como la pérdida del control que ejercían sobre la pareja.

En esa lógica distorsionada, el hombre deja de percibir a la mujer como una persona independiente y comienza a verla como alguien sobre quien tiene derecho a decidir.

Por eso, cuando ella establece límites o anuncia que quiere terminar la relación, la reacción puede intensificarse.

La decisión de separarse no provoca la violencia. La responsabilidad siempre recae en quien decide ejercerla.

Pero identificar ese momento como potencialmente crítico puede ayudar a familiares, autoridades y personas cercanas a prestar mayor atención y activar mecanismos de protección.

Alcohol, drogas y armas

Muñoz también menciona el consumo de alcohol y otras sustancias como factores que pueden agravar una situación ya marcada por la violencia, debido a que pueden reducir inhibiciones y aumentar la impulsividad.

A esto se suma el acceso a armas de fuego.

La combinación de amenazas, violencia previa y acceso a un arma constituye una situación que requiere especial atención.

Para la especialista, las señales no deben analizarse de manera aislada, sino como parte de un patrón.

El caso de Hainamosa ocurre en un contexto nacional en el que la violencia contra las mujeres continúa teniendo un fuerte componente dentro del ámbito privado.

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Datos publicados por El Día a partir de estadísticas oficiales muestran que en 2025 se registraron 150 muertes violentas de mujeres, de las cuales 79 ocurrieron dentro de viviendas. De ese total, 60 fueron clasificadas como feminicidios íntimos.

La cifra muestra que el hogar, escenario en el que muchas mujeres deberían sentirse protegidas, también puede convertirse en el lugar donde ocurre la violencia más extrema.

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Por eso, la discusión no debería comenzar únicamente cuando ocurre el asesinato.

Debe comenzar mucho antes: cuando aparecen los primeros signos de control, cuando los celos se convierten en vigilancia, cuando una mujer comienza a aislarse para evitar conflictos, cuando aparecen amenazas o cuando una agresión física es minimizada.

En el caso de Hainamosa, Dominga recuerda que su familia había visto señales que les preocupaban. Lo que no pudo imaginar fue hasta dónde llegaría aquella situación.

“Yo no pensé que iba a llegar ahí”, dice.

Para los especialistas, precisamente ahí está una de las claves de la prevención: aprender a reconocer cuándo una conducta que puede parecer una expresión de celos, enojo o posesividad es, en realidad, parte de un patrón de violencia que requiere intervención.

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