
Por: Juan Placencia
Cada sábado por la mañana, cuando el sol apenas comienza a iluminar las montañas de San José de Ocoa, un grupo de niños y jóvenes se reúne en el Liceo José Núñez de Cáceres. No importa si las condiciones climáticas son desafiantes; la pasión y el compromiso de estos pequeños atletas los empuja a seguir adelante. Y, en el centro de esta actividad, se encuentra una figura que ha dejado una huella imborrable en la comunidad: Carlos Minyety, el alma detrás del club de baloncesto Los Cachorros.
Carlos, formado en la legendaria escuela de Juan Ramón Báez, conocido cariñosamente como «Guari», no solo entrena a estos niños y jóvenes en las técnicas del baloncesto. Su enseñanza va mucho más allá del deporte. Cada sábado, con una paciencia infinita y una dedicación que rara vez se encuentra, Carlos transmite valores que moldearán el carácter de estos futuros adultos. Valores como la disciplina, el trabajo en equipo, la solidaridad y el esfuerzo se entrelazan con las lecciones deportivas, creando un entorno donde el crecimiento personal es tan importante como el rendimiento físico.
Ver a Carlos en acción es presenciar una conexión genuina y profunda con sus alumnos. Los niños, desde los más pequeños hasta los más grandes, lo escuchan con la devoción y el respeto que se le otorgaría a un padre. Y no es para menos. Carlos no solo les enseña a lanzar una pelota o a defender una jugada; les está enseñando a ser mejores personas, a enfrentar los desafíos de la vida con coraje y a entender que el éxito se construye día a día con esfuerzo y perseverancia.
Quienes tuvimos el privilegio de aprender bajo la guía de Juan Ramón Báez, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Carlos ha heredado y perfeccionado las lecciones de su maestro. Cada palabra, cada gesto, está impregnado de la sabiduría y el amor por el deporte que Báez le inculcó. Y hoy, esas lecciones se transmiten a una nueva generación, gracias a la dedicación inquebrantable de Carlos.
Es imposible no sentir admiración por jóvenes como Carlos, que dan tanto de sí mismos por el bien de su comunidad. Su trabajo no es solo un servicio, es un acto de amor. Un amor que se refleja en cada niño que sale de la cancha con una sonrisa, en cada joven que aprende que el verdadero valor de la vida no está en las victorias fáciles, sino en las batallas que se ganan con esfuerzo y corazón.
Es hora de que las autoridades de nuestra provincia reconozcan la importancia de personas como Carlos Minyety. No solo merece ser galardonado por su labor invaluable, sino que su esfuerzo debería ser remunerado y apoyado para que pueda continuar con esta noble misión. Porque en sus manos, cada sábado, se forjan los futuros líderes, ciudadanos y, sobre todo, seres humanos que harán de San José de Ocoa un lugar mejor para todos.
Un verdadero héroe del día a día, Carlos es la prueba viviente de que el cambio comienza con pequeñas acciones que, con el tiempo, transforman vidas enteras.

