
Por: Alexis Casado
Siendo el niño que soy hoy y casi recién nacido, mi madre tenía, a fuerzas, que dar siete cruces en mula al mismo río. Debía llegar más arriba a la loma, en La Cabirma de Nizao donde la esperaba una escuelita pequeña y bulliciosa de niños jugando y gritando a la espera de su llegada.
Lo sé porque mucho después, como pudo, me llevó y allí me confundía yo entre juegos y gritos con los otros niños. Sucedía a veces, cuando Yeya y Lolin así lo entendían.
Tenía mamá Beré que dejarme al cuidado de mi abuela Yeya y Lolin, su mamá y mi tía, para cumplir con el nuevo trabajo de profesora en las lomas de Nizao. Menudo, tímido y curioso por saber cómo salir o encajar allí después de cortado el cordón umbilical.
Vinieron las reglas y los dictados: “ Cuidado con eso”. “No te pares ahí “ “Haga sus tareas”. El niño que soy hoy empezó a crecer. Casi aprendiendo a hablar ya quería escapar. A darnos un baño en el río o en “La Lisa”. Salir a Marotear los mangos donde Pachico y a comer kenepas ( Limoncillos ) y guanábana o mamones y regresar con la cara y las manos picadas por la avispas, a recibir el castigo de la correa o la chancleta de Yeya. No había forma de engañarla.
Desde las seis de la mañana, el ruido llegaba desde la cocina, y no sabía si enterrar mi cabeza en la almohada o reír con algún jocoso comentario de los viejos que inundaban la cocina de Yeya en el café de las seis. Venían de todas partes.
El viejo Miguel que más tarde abriría el pequeño colmado techado de cana en la esquina frente a Luis tejeda, y los niños íbamos a jugarle bromas porque se dormía. Luis Tejeda no era competencia, vendía rollos de tabaco y tenía una traba de gallos que ponía a pelear, para entrenarlos “topándolos” a la vista de todos en la esquina y cambiándoles las espuelas para que nadie dudara de su destreza.
La bulla y griterío de la gente alrededor de la pelea de gallos en la esquina era quizás el único ruido que despertaba a Miguel que dormía mientras atendía su colmado. A veces también lo despertaba Fefa con algo de comer.
Su hija Martha ( La de Luisito )tenía otro colmado un esquina más arriba y ese si era la competencia de Miguel y de Luis Tejeda. Tenía vellonera con música de primera.
Otras veces tocaba reír con la llegada de “Peñita” vendedor de telas para trajes que él mismo te hacía a a la perfección con solo mirarte de arriba abajo. Te medía con el ojo y te decía: Listo, para pasado mañana está. Y te lo traía. Nunca entendí hasta mucho después su frase mil veces repetida: “Familia unida resumida”. Era lo que entendía desde mi cama. Luego comprendí que era: “Familia unida reza unida”.
Entonces ya no estaba solo, dos años antes había llegado un compañerito a hacerme más fácil y complicada la existencia.

Más morenito y gordito y buchuíto que yo, cuyo nombre nunca supe pronunciar. Era Frank, demasiado complicado para mi boca de trapo, así que le dije Chan. Así se quedó! Mi cómplice y compañero de travesuras y de hermosos planes que terminaban casi siempre en pelas con correa o a chancletazos y terminaba uno con las ganas y juramentos de no volver a hacer jamás.

Yeya nos fue moldeando a correciones.
Nos fue haciendo responsables, educados, nos enseñó a respetar a los mayores y a los vecinos. Nos marcó perfectamente el camino y nunca entendimos cómo, si ella no sabía leer ni escribir, tenía tan claro lo que quería hacer de nosotros. A puño y esfuerzos nos fue moldeando en la miseria más rica que hayamos vivido. Nunca faltó un bocado y un libro, una camisa y zapatos nuevos porque no se podía salir a dar vergüenza.
Lolin era su escudera. Su Sancho en esa titánica tarea de alimentarnos y educarnos. Su mano derecha y su mirada más temible que el fuete de Yeya.
Un día Yeya se fue. Pudo más el llamado que las gallinas, el perro y el patio que ya daba mangos.
En estos días me afloran sus recuerdos como cada 20 de octubre día de nuestro cumpleaños.
Amiga de mis amigos y amiga mía. Cómplice en mi alegría, sufría mis penas y se llenaba de angustia si no volvía alguna vez.
Mamá Beré se fue después y ese fue otro portazo, otro golpe que no sabe uno cómo reponer.
De esos golpes inesperados que da la vida dejándote casi muerto en la incapacidad de responder.
LA MADRE QUE ME QUEDA
La quiero como a nadie, como a Yeya y a Beré. Lolin, madre trabajadora, dedicada, sublime en su entrega.
Mil veces Golpeada y mil veces repuesta ante el dolor. Mil veces renovada. Mil veces renacida.
Hoy doy gracias por mis madres!

