
Por: Asdrovel Tejeda
Comenzaron a llegar de manera tímida desde mediado del siglo XIX.
A principio del siglo veinte su número aumentó por miles, huían de una Europa que paria con dolor, el parto de nuevos cambios. En el ámbito económico, dos revoluciones industriales, en el político la revolución burguesa con su base imperial, fortalecimiento del movimiento obrero. Resquebrajamiento de las monarquias y sustentación de nuevas corrientes filosóficas.
Asi, se fueron desparramando por America Latina y fundamentalmente en la parte Este de los Estados Unidos. Trashumantes, agarraron la senda de las cohortes y llegaron con su impronta Romana, solo, que no vinieron como imperio, pero si, imperiosos. Trajeron, en su equipaje de nostalgias, sus reglas, sus códigos y la Alegría exultante del calor de su sangre.

Envolvieron también, en el espacio de la esperanza, su comida, su cultura, sus creencias, su idioma y sus gustos.
Sus santos y mártires… la celebración de sus fiestas religiosas y el sueño de todo inmigrante, volver algún día a la tierra de su tierra.
Hicieron pie, por miles, en: New York, Pensilvania, New Jersey, Connecticut, California, Massachusetts. Llegaron a ser cinco millones para el 1904.
Ya el el 2009, 18 millones o el 5,9 de la población estadounidense.
Donde quiera que se asentaban, en sus comienzos, sus vecinos, se mudaban a otros espacios pues decían: son pendencieros, sucios, bullosos y rateros.
Así, fueron delimitando zonas en barrios donde se asentaron con su carga de miedos, deseos e ilusión.
En Lawrence se aposentaron por los 1920’s se agruparon en el cuadrante norte del norte, levantaron edificios, compraron casas, pusieron decenas de negocios, crecieron, tuvieron hijos, crearon escuelas y desde hace 99 años celebran el festival de St. Alfio’s, a quien erigieron una iglesia y un club.
Ganaron espacio político, social, económico y el festival, en el último fin de semana de Agosto, ganó popularidad y miles de personas venían cada año. Cinco cuadras cerradas, artistas, espectáculos y reencuentros.
Hace pocos años, los hijos de los hijos, comenzaron alejarse y los mayores, fueron muriendo y van quedando pocos. Ya el barrio Italiano no es, solo vive en los recuerdos de pocos. Como el de Salvatore, Sal, para los amigos, que ve cruzar, solitario, antes sus ojos los fantasma de otros tiempos cuando
la Festa convocaba a la Alegría con su grito sostenido ¡Que viva St. Alfio’s!
Mientras sonaban los cohetes, la risa y la música iba retorciendo las raíces de una patria que sembró en el corazón el dolor de su ausencia.
¡Buena fiesta, Sal, que los recuerdos te hagan un traje de Alegría!

