
El verano es, para muchas personas, época de playa, de tumbarse en la arena y disfrutar de las olas. Hay quien, además, busca sitios con historia, en los que más allá de la playa puedan explorar el patrimonio histórico y cultural.
En plena Costa Dorada, hay un pequeño pueblo, de menos de 6000 habitantes, que ofrece exactamente esto, patrimonio auténtico, playas tranquilas y una riqueza histórica que va de la Roma imperial hasta las trincheras de la Guerra Civil, pasando por siglos de dominio feudal.
Un municipio que ha sabido preservar buena parte de su patrimonio histórico y de su esencia marinera manteniendo un ambiente tranquilo poco habitual en muchos destinos de la costa mediterránea.

Un pueblo entre el río y el mar
La costa catalana está plagada de pueblos con encanto, pero pocos juntan tanta riqueza natural y tienen tanta historia como Altafulla. Situada a pocos kilómetros de Tarragona, ocupa un sitio privilegiado en la Costa Daurada.
Se extiende entre el mar Mediterráneo y el entorno natural de la desembocadura del río Gaià, junto al Castillo de Tamarit, que conforma uno de los espacios naturales más valiosos de la zona. Es un entorno protegido que actúa como refugio para numerosas especies de aves, anfibios y pequeños mamíferos.
Los senderos que recorren la desembocadura del Gaià permiten descubrir un paisaje donde conviven cañaverales, bosques de ribera, dunas y pinares mediterráneos.

Un paseo por Altafulla
Pasear por Altafulla significa adentrarse en el pasado. El centro histórico, la Vila Closa (villa cerrada), es un conjunto de calles estrechas, casas de piedra y restos de murallas declarado Bien Cultural de Interés Nacional que ha sobrevivido al paso del tiempo sin apenas cambios.
En el centro se alza el Castillo de Altafulla, también conocido como Castillo de los Monserrat en honor a la familia a la que perteneció durante siglos. Documentado desde el siglo XI, fue evolucionando con el tiempo hasta adoptar la apariencia de una residencia señorial renacentista. Aunque es una propiedad privada, puede visitarse en determinados momentos del año.
Junto al castillo, también hay que visitar la iglesia de Sant Martí, de origen románico y modificada en épocas posteriores, y la plaza del Pou (pozo), presidida por el Ayuntamiento y rodeada por varias casas señoriales.
Ya fuera de la Vila Closa, junto al paseo marítimo, el barrio de les Botigues de Mar conserva antiguas casas de pescadores y pequeñas construcciones ligadas a la actividad marítima. Sus edificaciones de baja altura y su carácter tradicional permiten imaginar cómo era la relación de Altafulla con el mar antes del desarrollo turístico del siglo XX.

El Castillo de Tamarit: una fortaleza frente al Mediterráneo
Pocas siluetas son tan impresionantes en toda la costa catalana como la del Castillo de Tamarit visto desde la orilla del mar. Situado a poca distancia del núcleo urbano y levantado sobre un promontorio rocoso en el siglo XI, se compone de murallas, torres con almenas e incluso una pequeña iglesia románica en el interior.
Nació como un punto de vigilancia de la costa, en un momento en el que el litoral catalán iba consolidándose bajo el dominio cristiano. Su ubicación, elevada y abierta al Mediterráneo, le daba un claro valor estratégico para controlar el paso marítimo y prevenir posibles ataques.
Con el paso del tiempo, el castillo fue cambiando de propietarios, pasando por distintas manos nobles y eclesiásticas. Hoy en día, el conjunto se mantiene en un buen estado de conservación y puede visitarse en determinados momentos del año.

Los vestigios del pasado romano
El pasado romano tiene también un lugar destacado en Altafulla. La Villa romana de Els Munts es un sorprendente yacimiento arqueológico declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO que fue, hace casi dos mil años, la residencia de una familia de la élite imperial romana.
Situada sobre una terraza con vistas directas al Mediterráneo, formaba parte del sistema de villae (mansiones de campo con funciones también productivas) que se extendía por el litoral en la época romana.
Los restos conservados permiten hacerse una idea de la belleza del conjunto, con mosaicos policromados, termas, estancias decoradas con pinturas murales y una distribución que refleja el gusto romano por la integración del paisaje en la arquitectura.

Playa, calas y un búnker de la Guerra Civil
La playa es, sin duda, uno de los principales atractivos de Altafulla en los meses de verano. La principal, de arena fina y aguas poco profundas, se extiende a lo largo de más de un kilómetro. Hacia el norte, se estrecha y se vuelve más agreste, con acceso a pequeñas calas como la del Canyadell.
Entre la playa y el promontorio del Castillo de Tamarit, casi oculto entre la vegetación de las dunas, un búnker de hormigón de la Guerra Civil recuerda que el siglo XX también dejó su huella en Altafulla.

