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Vi caer la nieve por primera vez…

21 diciembre 2019
Vi caer la nieve por primera vez…
Vi caer la nieve por primera vez…

Por: Frank Casado Arias

Nueva Jersey.- La primera vez que presencié la nieve caer fue hace 18 años. En ese entonces, me sorprendió la desnudez de los troncos y ramas de los árboles. Recuerdo que pensé que se había muerto toda la naturaleza a mi alrededor. Dejé correr la imaginación y cavilé sobre lo arduo que podría ser enterrar a todos esos árboles. Sabía que esos secos árboles volverían a florecer, pero no es lo mismo verlo que saberlo. Sabía que un crudo invierno me aguarda impaciente.

Era un 17 de Diciembre en el 2001. En Kearny; un pueblo ubicado en el condado de Hudson en el estado estadounidense de Nueva Jersey. En medio del recrudecimiento de ese invierno que me entumecía la cara y los dedos de las manos y los pies.

Hay personas que aman el invierno y odian el verano, como hay las que adoran el verano (así sudes y todo lo que conlleva vivir sin aire acondicionado), bueno ese soy yo, así que para mí vivir un invierno de verdad era toda una experiencia; sin embargo, cuando Mayra, me hermana,  me dijo “¡Vamos a la calle que está empezando a nevar, ah!” toda mi perspectiva sobre el frio cambió y como primerizo en New York  no veía la hora de salir a la calle  y saber cómo era la nieve.

Recuerdo su primera advertencia: “mira bien por donde caminas porque te puedes resbalar”, no tuve ni tiempo para recordarlo, porque cuando lo hice ya estaba de rodillas en el suelo. La verdad me maté de risa y mi hermana igual, nos divertimos muchísimo.

Los copos de nieve seguían cayendo y ambos abrimos la boca. Saqué la lengua y recibí esa deliciosa golosina, el primer regalo de mi nuevo terruño que pude disfrutar.

Cerrar el año, conociendo la nieve fue para mí algo genial y muy especial, entendí que todo lo que había pasado ese año, todo lo que había aprendido a la buena o a la mala, los nuevos comienzos que me habían tocado y las decisiones que había tenido que tomar habían sido por algo y me habían llevado hasta ese lugar así que solo pude agradecer. Estaba más que feliz. Una vez más, “Sin anécdotas no hay historias” y a veces las cosas que menos planeamos son las que mejor salen.

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