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Toronto, la ciudad a orillas del lago Ontario

19 diciembre 2025

Toronto, la mayor metrópoli de Canadá, fue la siguiente etapa del viaje de 2017. Las limitaciones de tiempo hicieron que solo pudiéramos visitar la ciudad un día, aunque desde luego nos habría gustado estar más y, si hubiera sido posible, alargar la ruta por Canadá a Montreal o Quebec.

Tras visitar las cataratas del Niágara, llegamos al Comfort Inn Burlington, un hotel de carretera, situado a unos veinte kilómetros de Toronto, a orillas del gran lago Ontario. Siguiendo la filosofía habitual de nuestros road trip, preferimos alojarnos fuera de la ciudad, en un lugar de fácil acceso y aparcamiento y, sobre todo, más barato que en el centro de las ciudades. Igual que en Boston, para visitar la ciudad dejamos el coche aparcado cerca de una parada de metro (en este caso la de Kipling, al comienzo de la línea verde), y llegamos hasta el centro en transporte público.

UN DÍA EN TORONTO

Ruta por Toronto
Nuestro paseo por Toronto

Nos bajamos en Queens Park, una amplio espacio urbano en el que destaca el Ontario Legislative Building, de un estilo clásico que constrata con las modernos rascacielos de la zona. Aunque no lo tenía muy preparado, pensé que era posible desde ahí hacer una ruta andando, todo el día, abarcando los principales lugares de interés y sin volver a utilizar el metro.

Nos dirigimos primero hacia el oeste, teniendo como objetivo Kensington Market. Fuimos atravesando un barrio residencial muy habitado por orientales, en el que se veía desde muchos puntos la emblemática CN Tower, que queríamos visitar más tarde. Desde el primer momento Toronto me dio la impresión de ser un lugar intensamente multicultural, que ha sabido acoger con naturalidad a gente de todo el mundo.

Una vez llegados al Kensington Market, vimos que en realidad no era más que un pequeño barrio bohemio, casualmente no muy animado ni concurrido aquel día. En cualquier caso, me pareció un lugar especial y llamativo, con vistosas casas y tiendas decoradas con colores intensos y, sobre todo, con su ambiente despreocupado y alternativo.

Tres edificios de Kensington Market

Muy cerca de allí, pasamos luego por la zona del barrio chino, también con llamativos carteles y fachadas, aunque sin llegar al extremo de lo que habíamos visto en Nueva York. Más adelante, atravesamos también el distrito financiero de la ciudad, la zona en la que se concentran los edificios más altos y futuristas.

Como ya estábamos acostumbrados a comer pronto, era poco después de las 1 cuando nos metimos a comer en un restaurante llamado Loose Moose, que por cierto nos gustó bastante. Por cierto, en el poco tiempo que estuvimos en Canadá nos pareció que su gastronomía es indistinguible de la estadounidense, también con las hamburguesas como plato estrella.

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The Loose Moose – via http://www.blogto.com

Después de comer fuimos a la CN Tower, que se encontraba cerca, para reservar la hora de entrada. Mi intención era ir primero a las Toronto Islands y luego volver a la torre más tarde.

Seguimos pues el camino hacia el Waterfront, en busca del embarcadero que va a las islas. Se trata de un conjunto de pequeñas islas que se encuentran muy cerca de la ciudad, y que han sido convertidas en un a especie de gran parque público, comunicado con la ciudad por barco. Por el camino vimos que el día de empezaba a estropear, llenándose el cielo de nubes grises; de hecho, en el paseo a la orilla del agua nos cayó un chaparrón, del que nos tuvimos que refugiar como pudimos bajo un árbol. Por un momento, nos planteamos no cruzar a la islas, pero por suerte la lluvia duró poco y seguimos adelante con el plan.

El trayecto en barco fue breve y agradable. Aunque con un cielo un poco gris, nos descubrió unas vistas inolvidables de la ciudad y sus rascacielos, vistos desde el agua.

Ya en la isla, dimos un paseo hasta Centreville Theme Park, un viejo parque de atracciones en el que nos quedamos un buen rato. Martina se lo pasó genial en unos coches antiguos que circulaban sobre raíles. Solo pudimos ver una pequeña parte de la isla central, pero fue suficiente para darnos cuenta de la belleza y la singularidad de este parque urbano, en medio del agua y a la vez tan cerca del centro de la gran ciudad. De haber tenido más tiempo, alquilar bicicletas habría sido la mejor forma de explorarlo.

A las 7 teníamos reservada la entrada a la CN Tower, por lo que procuramos estar allí con tiempo suficiente. Hicimos hora al pie de la torre, que es uno de los puntos donde más se concentran los turistas, entre otras cosas haciéndose fotos delante de las grandes letras de la CN Tower.

La verdad es que la experiencia de subir a la torre me resultó un tanto decepcionante. No cabe duda que las vistas desde arriba son estupendas, desde los 346 metros de altura a los que se encuentra el mirador. Pero hubo cosas que no me gustaron, como tener que hacer las fotos desde detrás de un cristal (que provoca, inevitablemente, reflejos indeseados) o, peor aún, con una rejilla metálica demasiado cerrada, en el mirador inferior. En este sentido, tenía quizás demasiado reciente la experiencia de otros miradores más abiertos e impresionantes como el Top of the Rock. Quizás lo mejor de la CN Tower sea la posibilidad de ver el lago Ontario en toda su inmensidad, algo imposible de hacer a pie de calle.

Una vez abajo, nos dirigimos a la Nathan Philips Square, donde iba a acabar nuestro recorrido. Junto a un estanque (que en invierno ocupa una pista de patinaje sobre hielo), se encontramos allí las famosas letras con el nombre de Toronto, que son otro de los símbolos de la ciudad.  Tras hacer algunas fotos, ahora sí con una bonita luz de atardecer, nos fuimos a cenar a un restaurante cercano. Luego solo quedó ir al metro para volver al coche y al hotel, ya con noche cerrada.

Un solo día no dio más de sí. Nos dejamos sin visitar lugares que a buen seguro habrían válido la pena, como el Royal Museum of Ontario, Casa Loma o St Lawrence Market. Otra vez será…

Al día siguiente, nos esperaba un largo trayecto de vuelta a los Estados Unidos, atravesando los estados de Nueva York y Pennsylvania hasta Lancaster, la ciudad de los Amish.

Fuente: Juanjo López

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