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La realidad nos exige ser más austeros que nunca

José Manuel Arias M.

Es una verdad de Perogrullo que en los actuales momentos deben extremarse las medidas de austeridad en aras de hacer frente a la difícil situación que nos ha generado el Covid-19, pues en estas circunstancias se hace imperativo tomar las mejores decisiones respecto al gasto, de tal manera que el mismo sea lo más apropiado y frugal posible.

Sin embargo, eso no implica que deba haber descuidos en procura de eficientizar y de aumentar, dentro de las posibilidades, el nivel de las recaudaciones, pero debe ser prioridad mejorar la calidad del gasto, evitando que el déficit público se vea incrementado a niveles inmanejables. Es de suma importancia planificar lo más cautelosamente posible las nuevas políticas económicas a implementar, teniendo presente el nuevo orden de prioridades.

Es –para decirlo en voz del pueblo- momento de “extender el peso lo más que se pueda”, pues en la medida en que mal utilicemos los recursos,  mayores serán las dificultades que enfrentaremos, lo que obviamente se traduce en el aspecto contrario si utilizamos los recursos de la mejor manera posible.

Claro está, esto debe ser entendido no sólo desde la esfera pública, sino que además debe ser tomado en cuenta por cada persona en particular, ya que no podemos exigirle al gobierno que sea austero y nosotros actuar y vivir en derroche, pues como bien señalan algunos: “… el concepto de austeridad es aplicable igualmente a la economía más doméstica, teniendo en cuenta la gestión que realizan los hogares de sus recursos o en su planificación económica familiar”. Es por todo esto que expresamos que la realidad nos exige ser más austeros que nunca, debido a que no podemos vivir en tiempos de “vacas flacas” –como concibo la economía luego de la pandemia- como si estuviéramos en tiempos de “vacas gordas”.  

En esto tenemos que estar claros si queremos salir si no propiamente  airosos, lo menos afectados posibles, habida cuenta de que como le expresara el Quijote a Roque Guinart: “El principio de la salud está en conocer la enfermedad…”. Por todo esto, insistimos en la necesidad que tenemos de enviar señales de ahorro, uso celoso y eficiente de los recursos, puesto que “la austeridad permite a los Estados enfrentar situaciones límites ayudando a mejorar las cuentas nacionales y evitar, en cierto modo, la quiebra o bancarrota”.

La adopción de políticas de austeridad, sobre todo en estos momentos de crisis universal tras el Covid-19, nos puede posibilitar disponer de mayores recursos para hacer frente a las grandes demandas nacionales, de tal manera que se traduzcan “en una mejor salud de las cuentas públicas y la economía…” para que a su vez impacten de manera directa en el bienestar de la ciudadanía, que debe ser el principal objetivo.

Es que, tal y como ha sido planteado por tratadistas que abordan el tema: “una política de austeridad supone severidad en las decisiones de gasto de los dineros del pueblo, implica sobriedad en los actos de gobierno y eficiencia para alcanzar los propósitos”. Además de que, ciertamente: “austeridad es sencillez, prescindencia de alardes y, fundamentalmente, acierto en las prioridades…”.

Por todo esto entendemos que asumir una actitud austera debe ser un “imperativo nacional”, siendo en cierto modo cicatero, pelear cada centavo para que las inversiones sean lo más correctas posibles y que puedan beneficiar a un mayor número de personas; regatear en cada precio ofertado, privilegiar la mejor oferta, corregir el mal gasto y priorizar las inversiones, tratando de que las mismas sean lo más reproductivas posibles.

Se hace necesario en las actuales circunstancias actuar con gran comedimiento, conscientes de que un solo peso mal invertido se traducirá en malestar para nuestra gente que tanto necesita de la solidaridad en estos momentos; se imponen la mayor seriedad, eficiencia y pulcritud posibles en el manejo de los fondos públicos y hasta en los privados, planificar bien cada gasto y sujetarse a tal planificación, evitando dar “saltos mortales” que resulten onerosos, todo esto si queremos salir lo menos perjudicados posibles de la situación que hoy nos golpea de manera directa. Es tiempo, como dice la doñita del barrio, de “rendir los chelitos”.