
Por: Asdrovel Tejeda
El mar conoce con tiempo la llegada del otoño y va recogiendo sus aguas, alejándolas del lecho que se adormece en la orilla, presintiendo con tiento la llegada de los fríos.
Las rocas se quedan solas sentadas sobre la arena, y alguna que otra huella que no borró la mar de fondo, alejada de su orilla, quedará como un recuerdo que habrá de ignorar el viento.
El islote que acariciaban las olas, donde algunas noches serenas, bajo la luz llena de la luna, se besaban los amantes, va quedando abandonado, mientras se pierden promesas de amores sin calendario en la niebla misteriosa que va tejiendo el olvido.
Con las sombras de la noche, mientras se cierra el verano, va alentando la esperanza de la espera de otro año, que volverá con la luz, el calor y la alegría de las aguas, que regresarán con el calor del estío.
Pero aunque vuelva la luna, el viejo pintor con sus cuadros, y nuevos enamorados a prometer la promesa, el fresco terral del mar y las gaviotas a cruzar por sus espacios cerrados, nunca más será lo mismo, pues el tiempo no es igual cuando transcurren los años.
Ahora que se acerca el invierno con el hielo de sus huesos y que el sol duerme temprano, inclinado por su eje, se notarán las ausencias, los silencios prolongados y entrarán hasta el alma por las rendijas abiertas que suele causar la pena, la soledad y los hastíos, mientras la vida se marcha.

