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¿Qué nos está pasando?

José Manuel Arias M.

Es difícil refutar a aquellos que entienden que es indignante y altamente vergonzosa la forma en que en nuestra sociedad cada vez más escasean los valores éticos. Igualmente resulta difícil refutar a aquellos que se avergüenzan de ver cómo el don del dinero se ha apoderado de la mente de muchos que entienden que lo único que importa es conseguir bienes materiales sin importar los medios utilizados para esos fines, aun cuando sea en detrimento de sus valores.

Esto indudablemente debe movernos a reflexión y a ver cómo podemos encausar nuestros pasos por otros derroteros, puesto que si seguimos así, nos podría esperar un futuro sombrío y desalentador.

Es innegable que nuestra sociedad no marcha del todo bien, pues en ocasiones se da a entender que aquellos que desean hacer las cosas como debe ser, apegados a las sagradas reglas de la ética y la moral, son criticados por el sistema mismo. Estamos llegando a estadios peligrosos donde al parecer el que está en riesgo es el que se comporta de manera correcta, mientras parece se premian la desvergüenza y las inconductas.

Esto tal vez explica el que se piense hoy día que el afán de lucro es lo que motiva a muchos, con sus normales y honrosas excepciones, claro está, y decimos esto porque son muchos los que con razón o sin ella entienden que un gran porcentaje de los que llegan a ocupar determinada función pública lo que está pensando es en hacerse de dinero, en “resolver su problema”, sin importar en lo más mínimo que no tengan posibilidad alguna de justificar sus caudalosas fortunas.

Ante esta triste realidad nos preguntamos: ¿qué nos está pasando; a dónde están nuestros principios; qué ha pasado con nuestros valores; es que acaso lo único que importa hoy día es tener dinero; es que el afán de lucro nos sepultará como nación; adónde llegaremos si seguimos pensando así?; en fin, un sinnúmero de interrogantes nos asaltan y nos hacen abordar el futuro con ciertos niveles de preocupación, pero eso sí, sin perder la esperanza jamás.

Cuando se desempeñan funciones públicas las responsabilidades son mayores puesto que nuestras actuaciones serán las que hablarán por nosotros, pero nuestras actuaciones, no lo que digamos, sino lo que hagamos.

La sociedad requiere que todos y cada uno de sus integrantes den lo mejor de sí para su engrandecimiento y permanencia; la patria requiere de sus mejores hijos, no la marchitemos, asumamos el rol que nos corresponda y hagamos nuestros aportes desde la esfera en la que nos encontremos; todos somos necesarios para la sociedad; cada cual debe jugar su papel, lo importante es que lo haga bien y al final la suma de cada una de nuestras actuaciones es lo que terminará haciendo cada vez más grande a nuestra nación.

Actuemos de cara al sol, conscientes de que la patria nos necesita, apegados a las sagradas reglas de la ética y la moral, del buen comportamiento, que no tengamos de qué avergonzarnos ni avergonzar a nuestras familias y a nuestro país. Seamos transparentes en lo que hagamos, jamás asumamos poses ni caigamos presas de la doble moral, simulando ser algo cuando en realidad somos todo lo contrario, pues ciertamente lo que más duele es la injusticia a nombre de la justicia; la parcialidad a nombre de la imparcialidad; la desfachatez a nombre de la dignidad; la perversidad a nombre de la honestidad; la hipocresía a nombre de la lealtad.