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hablando como los locos…

17 julio 2025

Por Asdrovel Tejeda

“Hay un país en el mundo
en el mismo trayecto del sol,
oriundo de la noche,
colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol,
sencillamente liviano, como un ala de murciélago apoyado en la brisa.
Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteras
antiguas
o el día en los tejados.”
— Pedro Mir

En esos tiempos, aún con la palabra encadenada, refugiada en oscuras madrigueras o náufraga en lugares lejanos, la sensibilidad y el arrojo de los hombres la hacían trepidar.
Es que sabían, con razonamiento profundo, que los pueblos —aún subyugados— son y serán del tamaño de las ideas de sus hombres pensantes.

Entonces llegaron ellos, vestidos de corderos encima de su piel de lobo, escondidos como sombras detrás de los reales, con las manos llenas de promesas, los egos trasnochados, los afanes de pertenecer y de ser. Se apandillaron en grupos diferentes y comenzaron a desaparecer la PATRIA, escalón por escalón, en ofertas de mercados bullangueros.

Cambiaron la dignidad por espejitos con sus caras.
Torcieron la historia a la medida de sus gustos.
Compraron todo lo vendible y vendieron todo lo comprable.
Hicieron puentes donde no había ríos.
Desmontaron bosques y montañas.
Y fueron cambiando, uno a uno, los valores, el orgullo de nación y su querencia.

Y el pueblo, en silencio y derrotado, olvidado de sus gestas del pasado, los dejaba hacer desde detrás de las rejas de sus casas… ¡Prisioneros!

“Este es un país que no merece el nombre de país,
sino de tumba, féretro, hueco o sepultura.
Es cierto que lo beso y que me besa,
y que su beso no sabe más que a sangre.
Que un día vendrá, oculto en la esperanza,
con su canasta llena de iras implacables
y rostros contraídos, y puños y puñales.
Pero tened cuidado: no es justo que el castigo
caiga sobre todos. Busquemos los culpables.
Y entonces caiga el peso infinito de los pueblos
sobre los hombros de los culpables.”
— Pedro Mir

Ellos, dueños absolutos del terreno, se hicieron funcionarios, senadores, diputados, jueces, fiscales, alcaldes y presidentes…

El panorama político dominicano hoy se presenta aterrador, como un laberinto donde el miedo extiende sus garras para ahogar cualquier atisbo de esperanza.
Una democracia que lleva en sí misma, encriptada en su fortuna, su gran debilidad.

Van los funcionarrillos —candidatos y electos—, semi dioses de verdad acrisolada, layas de sacrificados patriotas con fundamento de barro, nigromantes de magias oscuras.
¿Acabar con la pobreza? Nunca.
¡Esos son sus votantes adorados!, por quinientos o mil pesos y una comprita deprimida de vez en cuando. Son votos seguros, atados a las necesidades del hambre.

¿Acabarán con la droga? Nunca.
Aparte de ser un puente por donde muchos han llegado al Congreso, esos votantes —el día anterior y el mismo día— esperan su pase seguro.

¿Regularán las cuchocientos mil bancas de apuestas? Nunca.
Como los anteriores, ocupan curules, y sus votantes tienen en “los números” una esperanza abracadabrante que nunca llega.

¿Regularán el tráfico con leyes posibles y con consecuencias reales? Nunca.
Son los mismos que hacen sala en los despachos de alcaldes y diputados: “Sáqueme ese muchacho, usted sabe, soy su votante”.

¿Terminarán o regularán los bullosos “points”? Esos lugares donde, en complicidad con augustos comerciantes, hay romo, hookah, marihuana, algunas pastillitas, y agresivos musicólogos que agreden —sin pudor alguno— cualquier sentido de dignidad y convivencia.
No. Esos también son sus votantes y aportadores destacados.

¿Y los hombres y mujeres serios?
Indiferentes, unos: yo no me meto en eso, la política es pa’ tigueres…
Así sacrifican a sus hijos.
Y los otros, en su mundo de cristal, piensan: eso es allá, aquí no llega.
Sin imaginar que, como el lorito en el mástil, dirán también:
Se jodieron, se jodieron…
Y cuando el agua les llegue al cuello, replicarán:
Nos fuñimos.

Nos queda una vía expedita, que se acerca a velocidad asombrosa.
Mirando a los mismos actores de hace cincuenta años, o a sus hijos y nietos que siguen sus pasos en bandolera, nos convertiremos —sin asombro— en una sociedad igual a la haitiana. Pin, pun.
Que pasó exactamente por el mismo derrotero que llevamos…

A menos que un coronel, cansado y asqueado de tanta basura, decida casarse con la gloria…
O hasta que los que aún creen que —¡Habrá patria!— decidan tomar la historia en sus manos y sembrarla en cada ruta y camino del país.

“Y así no puede ser. Desde la sierra
procederá un rumor iluminado,
probablemente ronco y derramado,
probablemente en busca de la tierra.

Traspasará los campos y el celeste
dominio, desde el este hasta el oeste,
conmoviendo la última raíz.

Y sacando a los héroes de la tumba,
habrá sangre de nuevo en el país,
habrá sangre de nuevo en el país.”
— Pedro Mir

Asdrovel T.
Lowell, Mass.
17/07/2025

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