
Fue a mediados de 1987 cuando, con una comisión de la Asociación de Ocoeños, vine por primera vez a Lawrence.
La organización, fundada en 1972, ya tenía presencia en todos los condados de Nueva York y en Paterson, N.J. Vista la cantidad de ocoeños en Lawrence, decidimos abrir un capítulo aquí.
Nos reunimos en el Club Los Trinitarios, situado en Broadway. (Los Trinitarios y el Club Latinoaméricano fueron las organizaciones que sembraron los principios de las luchas y conquistas comunitarias en esta ciudad.)
De aquella reunión salió electo como director Alexander Mejía.
Antes de la visita casi obligada al Centro Español, alguien nos dijo: “Si quieren probar las mejores piraguas estilo RD, vayan al Campagnone Park”. Así conocí a Martín, mejor dicho, a Martín Piragua.
En 1991 volví a Lawrence, esta vez con una comisión de la Federación de Asociaciones Dominicanas (FADO). Buscábamos apoyo para el proyecto de retención de la ciudadanía.
De nuevo pasé por el Club Los Trinitarios —ya ubicado en Andover St.— y, antes de regresar, repetí la visita a Martín Piragua. No sabía que tres años después volvería a Lawrence, pero ya de mudanza.
Con el tiempo, mientras iba armando las piezas de mi vida, me acerqué más a aquel lugar.
Martín Piragua era un refugio donde muchos dominicanos, cargados de soledad, buscaban risas, cuentos, dominó y, sobre todo, la bonhomía de Martín. Desde 1983 había creado un espacio de encuentro y afecto para quienes necesitaban abrazar su identidad.
Fue entonces cuando conocí al hombre detrás del apodo: Ramón Martín Puello Domínguez.
Humilde y sencillo, en 1968 representó con orgullo a la delegación dominicana en los Juegos Olímpicos de México, como boxeador.
Llegó a Estados Unidos en los 70 y, desde 1981, se dedicó a los tejemanejes de sus piraguas, que vende en el parque desde 1982.
En 1965 conoció a Belkis en la carretera Mella.
Al verla, la vida le dio un uppercut y un jab cruzado: cayó rendido a sus pies.
Belkis fue su mejor trofeo. Hoy celebran casi sesenta años de matrimonio y juntos criaron cinco hijos, con el esfuerzo dulce y constante de las piraguas.
Ramón es un ser humano lleno de dignidad, que conserva la esencia troncal de su ser dominicano y caribeño.
Cuando me tocó dirigir el Desfile Dominicano de la ciudad, propuse su nombre para Mariscal. Fue aprobado por unanimidad, en un homenaje que se engrandeció con su sola presencia.
Ramón Martín Puello Domínguez es ejemplo de la sencillez y calidad del dominicano que abre caminos hacia sus sueños.
Si lo ven, salúdenlo con afecto y recuérdenle que vive en la admiración de quienes, como yo, sentimos orgullo de su condición dominicana.
Asdrovel T.
Swampscott, MA
07/27/25

