
El sexo en la vejez…
El sexo en la vejez no se apaga… se transforma…
Ya no se trata de urgencia ni de conquista,
sino de explorar con calma los secretos del cuerpo que ha aprendido a sentir más allá de la piel.
El cuerpo envejece, sí… pero también se cuida, se honra, se respeta.
Cada línea, cada pliegue es huella de una historia vivida,
y quien sabe amar en esta etapa,
sabe que la sensualidad no se pierde:
se vuelve más íntima, más serena, más real.
Una ducha tibia, un perfume suave, una piel hidratada,
la ropa que insinúa sin mostrarlo todo…
ese es el arte del erotismo adulto,
el placer de sentirse deseado no por la juventud,
sino por la presencia, por la actitud, por la entrega consciente.
El sexo en la vejez es sabiduría que recorre los cuerpos con deseo pausado,
es mirarse con ternura y desnudarse sin miedo,
es tocarse sin urgencia, pero con fuego.
Es saber dónde y cómo…
y también cuándo esperar y cuándo rendirse.
Porque el cuidado del cuerpo no es vanidad,
es amor propio, es dignidad,
y es también el regalo que se entrega al otro cuando se ama de verdad.
Y así, cuando dos cuerpos maduros se encuentran,
el sexo ya no es un juego…
es un ritual de pasión lenta y profunda,
donde cada caricia es sagrada,
y cada suspiro… una forma de eternidad.
Porque aún en la vejez, el amor puede encender fuegos nuevos…
y el alma —si se siente amada— florece.
Nunca es tarde para amar,
y nunca es viejo quien se entrega con ternura.
Fuente :Juan Anibal Gómez

