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El Ingeniero y la Prostituta

7 junio 2025

Mañoso o no, el ingeniero se encargó de cambiar las sábanas y poner a lavar las usadas. Hizo la cama mientras su acompañante se duchaba, y echó un poco de perfume al aire. Cuando ella salió envuelta en una toalla, él se metió, diciéndole que podía andar por donde quisiera. Y que el patio tenía un par de flores que seguramente le iban a encantar.

-No soy mucho de flores -le respondió-, como se me mueren, no suelo prestarles atención. Pero te haré caso; después de vestirme…

Ella se dirigió a la habitación, y de su cartera sacó una diminuta prenda interior, que siempre cargaba por las dudas. Observó la prolijidad de la cama, olió el aroma a jazmines, y sonrió.

De ahí se fue, buscando el patio. Abrió una puerta, y vio un hermoso espacio, cubierto de pasto. Y luego enfocó su atención en las florcitas, dispersas en macetas, y en la tierra.

-Qué lindo esto… -susurró, mirando el cielo, para luego adentrarse a ese jardín.

Él salió a los pocos minutos, vistiendo un jean negro, una chomba azul y unas zapatillas de gamuza, también azul; y la encontró, sentada en el pasto, con el cabello ondulado y húmedo.

-Cuando lo tienes seco no tiene esas onditas -le menciona, acercándose, pero sin intención de sentarse.

-¿No lo notaste ayer, durante la cena?

-Sí, pero ahora es que te lo digo -ríe y luego se sujeta la panza-. Me crujen las tripas. Tengo hambre, a estas horas nunca estoy en ayunas.

Ella le pide la mano, y se levanta.

-Vamos a la cocina -le dice, y se van para allá.

Él abre la heladera, y mira detenidamente cada rincón.

Ella se sienta a la mesa.

-¿Qué hay? -le pregunta.

-Me quedaron unas porciones de pizza, pero son de antes de ayer, deben estar duras como suelas de zapato.

-Yo puedo cocinar. ¿Tienes verduras? -se acerca por detrás, y le pide que se corra. Abre el cajón de las verduras y ve varias cebollas, dos zanahorias, un poco de apio, perejil y un trozo de zapallo. En otra parte encuentra cinco tomates-. Bien, bien. ¿Tienes pastas secas?

-Un paquete de spaghettis, uno de fideos coditos y otro de mostacholes -le dice, mirando su alacena.

-Hermoso -le contesta-. ¿Salen fideos con salsita?

-Dale, y en el freezer tengo carne picada.

-Bueno, sácala, a ver si se va ablandando mientras corto y voy rehogando las cosas. ¿Como cuántos gramos serían?

-Yo las divido en bolsitas como de 300 gramos.

-Veo que eres muy ordenado en todo.

-Así es la vida de soltero. No me gusta desperdiciar la comida -le responde.

-Yo cocino bastante y freezo porciones -le comenta ella, buscando la tabla para cortar. Él va hasta donde está, y se la alcanza.

Se ayudan mutuamente, y en menos de una hora, están almorzando.

-¿No pones música? -le pregunta ella.

-Soy más de escucharla con auriculares, porque los vecinos son unos insoportables de m1êrdã que se quejan de todo.

Él repite porción, y ella se limpia la boca con una servilleta de papel.

-Qué desgracia esa de tener una casa tan linda y unos vecinos de porquêríã.

-Lo es… -se sirve un poco de soda, porque el vino que tenía guardado lo dejó para ella.

-Convídame -le dice ella, acercándole su copa, y se toma dos vasos-. A veces olvido que con alcohol se tiene que tomar también agua o soda, porque el vino no hidrata bien.

-¿Te sientes cómoda, aquí, conmigo? -le suelta él, mirándola a los ojos, con la cara manchada de salsa.

-Sí, se siente agradable -le responde-. Pero en una hora ya me voy -levanta su plato y cubiertos, y los lava.

Él termina su comida, y se limpia la boca, pero lo hace mal, así que ella se acerca, y le limpia los restos que no salieron.

-No quiero invadir tu privacidad pero… ¿Puedo ir contigo? -le pregunta.

-¿Quieres acompañarme al cementerio? -ríe, asombrada-. ¿Y eso por qué?

-Porque es nuestro día libre -le dice-. Mañana voy a trabajar durante doce horas.

Ella lo mira. Lo mira como si lo viera por primera vez, sus ojos tiernos, profundos, su espalda ancha, sus brazos gruesos, sus manos delicadas, su actitud de auténtico interés. Se estremece.

-¿No prefieres quedarte a descansar?

-Siempre estoy solo, vivo cansado, pero quiero seguir viéndote y escuchándote.

Ella recoge su plato, y le pregunta qué tal estuvo.

-Demasiado bueno -sonríe.

-Puedes venir conmigo -le contesta entonces-, aunque no me gusta que nadie me vea lloriquear, te permito acompañarme.

Ella voltea y se va a lavar el plato y los cubiertos. Él se acerca por detrás, la abraza, apoya su cara en su hombro y se pone a llorar.

-¿Qué pasa? -pregunta ella, sin entender nada.

-Tuviste una vida de mïerdã… -susurra entrecortadamente-. Si me dejas ayudarte, vas a tener un empleo que te de todo lo que te mereces, desde una obra social hasta vacaciones.

A ella los ojos se le ponen vidriosos, pero ni una lágrima se le cae. Gira, y lo abraza. Lo abraza fuertemente. Y por primera vez, en mucho tiempo, siente su corazón agradecido y satisfecho.

Fuente: amantes del verso

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