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Duarte y la necesidad de preservar su legado

20 julio 2025

Por: José Manuel Arias

El mes de julio ha sido testigo de la partida física de dos de los tres Padres de la Patria, pues el día 4 en 1861 caía fusilado en San Juan el patricio Francisco del Rosario Sánchez, en tanto que Duarte se despedía del mundo de los mortales en Venezuela el día 15, pero de 1876. Sánchez murió a los 44 años de edad (había nacido el 9 de marzo de 1817), en tanto que Juan Pablo Duarte (nacido el 26 de enero de 1813) contaba con 63 años de edad al momento en que la parca le sorprendió.

Como el tiempo es el mejor de los jueces y con su discurrir va colocando cada cosa en su lugar, pese a que por sus luchas en pro de la libertad Duarte no pudo ni siquiera estar presente el día en que se proclamaba nuestra Independencia Nacional, la noche gloriosa del 27 de febrero de 1844, pues era fuertemente perseguido por el gobierno haitiano, encabezado por el presidente Charles Rivière-Hérard, cuyo mandato presidencial va del 4 de abril de 1843 al 3 de mayo de 1844, y que como si fuera poco, en agosto de 1844 va a ser declarado -increíblemente- traidor a la patria por quien sí terminó traicionándola cuando en marzo de 1861 la anexó a España a cambio de migajas de tipo personal y por su falta de fe en el proyecto de independencia.

Cuando decimos que el tiempo va colocando cada cosa en su lugar, lo hacemos porque conocemos y hemos visto a través de los años que cuando las mezquindades humanas se han querido imponer y se han impuesto en determinadas circunstancias, luego, cual volcán en irrupción, la verdad sale a flote y cada pieza es encajada en el lugar que corresponde.

Ejemplos tenemos en la historia dominicana, incluso recientes, donde figuras cimeras que han hecho innegables aportes al país han sido objeto de todo tipo de perversidades, maquinaciones y de más vilezas, y que si bien no han ocupado la presidencia de la República, nadie al día de hoy con dos dedos de frente osaría colocarlas por debajo de aquellos que han ocupado dicha posición.

El caso del patricio Juan Pablo Duarte y Díez, cuyo 149 aniversario de su partida física conmemoramos el pasado 15 de julio, es uno de esos casos que sirven de ejemplo a lo antes señalado, y pese que tras su muerte física en 1876 en las llanuras del Apure en Venezuela no había sido reconocido del todo, tiempo después, específicamente el 11 de abril de 1894, mediante la Resolución No. 3392, promulgada por el presidente Ulises Heureaux, hubo de ser reconocido junto a Sánchez y Mella como uno de los Padres de la Patria, siendo trasladados sus restos mortales y llevados a descansar junto a sus compañeros al Altar de la Patria.

No por casualidad el historiador Emilio Rodríguez Demorizi, para quien Duarte “no es solo un líder independentista, sino una figura histórica de gran trascendencia, un hombre de ideas claras y un símbolo de la lucha por la libertad y la construcción de la nación dominicana”, llegó a definirlo, en frase atribuida a él, como “el dominicano de gloria más pura”.

Cada vez resulta no sólo justo, sino y sobre todo necesario, tener presente la figura prominente del patricio que renunció a todo, lo que incluyó una vida acomodada al lado de sus padres dada su condición socioeconómica y prestigio social de entonces, para entregarse en cuerpo y alma a la construcción, luego de idealizarla, de una patria libre, soberana e independiente.

Convencido estoy y diría que hoy más que nunca, de que su antorcha ha de seguir iluminando las sendas del porvenir del pueblo dominicano en su lucha permanente por el mantenimiento y consolidación de su Independencia Nacional, para que los dominicanos de hoy mantengamos encendida y los del mañana jamás dejen apagar “la llama augusta de la libertad”.

Igualmente estoy convencido, y de ahí estos escritos, de que urge mantener viva en la mente y corazón de los hijos de la patria, sobre todo de las presentes y venideras generaciones, la figura del patricio, con jóvenes que estén a la altura de mantener vivo su legado, asumiendo en la medida en que lo requieran las circunstancias, los retos que como nación nos depare el porvenir.

Esto así porque si la obra y legado de Duarte no se hubiera dado a conocer difícilmente se habría llegado a apreciar la grandeza de la misma; eso fue gracias a los textos de intelectuales dominicanos de la talla de José Gabriel García (padre de la historiografía dominicana), Federico Henríquez y Carvajal, Emiliano Tejera, Emilio Prud Homme, Féliz María del Monte, César Nicolás Penson, Monseñor Fernando Arturo de Meriño (expresidente de la República), entre otros, con especial énfasis en su hermana, la que se encargó de preservar cada fragmento, rescatando sus escritos, completando los que estaban inconclusos y organizando sus documentos a los que luego llamaría Apuntes de Rosa Duarte (archivo y versos de Juan Pablo Duarte).

Consciente de todo esto, siempre procuraré -en cuanto me sea posible y pese a la desidia de estos tiempos en los que muchas veces lo intranscendente se trueca en trascendente y viceversa- de que su vida, su legado y sus aportes sean cada vez más valorados, lo que no es posible lograr sin antes conocerlos, y de ahí la importancia capital de que continuemos valorando su trayectoria, recordando su vida, para que jamás la ingratitud de los pueblos y la mezquindad de algunos hombres logren hacer olvidar su sacrificio y entrega en procura siempre del bienestar de la patria.

El autor es ocoeño y egresado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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