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Cuando Sabina conoció a Chavela

13 agosto 2025

Una noche de 1995, en un pequeño camerino de Madrid, Joaquín Sabina esperaba con nervios. No porque fuera a cantar ante miles de personas, sino porque estaba por conocer a Chavela Vargas. La Chavela. La de los cigarros eternos, el jorongo rojo y las canciones que dolían hasta el hueso.Ella entró. Lenta, pero firme. Se acercó a Sabina, lo miró directo a los ojos y le dijo con voz ronca:“¿Así que tú eres el que escribe lo que yo canto sin saber que lo estoy cantando?”Y él se rió. Claro que se rió. Porque entre ellos no hizo falta explicación.Se entendieron de inmediato como dos personas que saben lo que es haber estado al borde y seguir cantando.Chavela Vargas nació el 17 de abril de 1919 en San Joaquín de Flores, Costa Rica, aunque ella siempre dijo que nació en México por elección. De hecho, decía que había nacido dos veces: una del vientre de su madre, y otra, del dolor.Desde niña supo que no encajaba. No le gustaban los vestidos, ni las reglas, ni el silencio. A los 14 años se fue de casa y cruzó la frontera a México. Dormía en los parques. Cantaba en bares. Nadie apostaba por ella. Hasta que alguien escuchó su voz y supo que ahí había algo único.Chavela no cantaba rancheras: las desangraba. Tomaba canciones de José Alfredo Jiménez y las convertía en rezos de amor imposible. En cada verso había soledad, tequila, heridas. Su interpretación de La Llorona, Macorina y Paloma Negra la volvieron leyenda viva.Pero también sufrió. Mucho. Estuvo años desaparecida, refugiada en el alcohol. Nadie la buscaba. Nadie la llamaba. Hasta que en los 90, casi a los 70 años, resurgió.Fue entonces que Joaquín Sabina la conoció.Sabina, por su parte, había nacido el 12 de febrero de 1949 en Úbeda, España. Poeta de la calle, ladrón de versos, cronista del alma rota. Desde joven se exilió en Londres por razones políticas y cuando volvió a España, escribió canciones como si escribiera cartas suicidas que se negaban a firmar.Sus letras hablaban de mujeres imposibles, noches largas y corazones que no se curaban con tiempo. Cuando conoció a Chavela, no solo admiraba su arte. Admiraba su vida. Su resistencia. Su “no me importa lo que digan”. Y ella, al oírlo cantar, lo reconoció como de su especie.No grabaron juntos oficialmente, pero compartieron escenarios, poemas y copas. Joaquín decía que Chavela era como un volcán dormido: parecía que no pasaba nada… hasta que abría la boca y arrasaba con todo.La última vez que se vieron fue en 2012, poco antes de que Chavela falleciera el 5 de agosto, a los 93 años. Sabina fue a despedirla con la misma emoción con la que uno despide a una madre, una musa y una cómplice.Hoy, cuando Joaquín canta 19 días y 500 noches, muchos dicen que suena a Chavela. Y cuando alguien escucha a Chavela cantando Un mundo raro, sienten que Sabina pudo haberla escrito.Porque más allá de géneros, épocas o nacionalidades, ambos supieron lo mismo:Que hay canciones que no se componen.Se viven.Y luego, se lloran.

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